
Me encuentro esperando que mi esposa salga de una junta de trabajo. Es una tarde agradable, cálida. Una fina lluvia, casi imperceptible, refresaca mi cara. Veo una vidriera de telefonía Orange.
Me gusta mucho la estética de estas tiendas, todo en blanco y naranja, muy alegres y limpias.
De repente, veo venir a un hombre moreno, delgado y muy distinguido, con gafas redondas y pequeñas. Me llama la atención el enorme parecido que tiene con Gandhi. Al pensar esto me sonrío, pienso que sería encantador que fuese Gandhi. El hombre ha notado mi sonrisa, se acerca y me interroga en inglés: "¿Por qué ríe?". "Porque soy feliz"- contesto, no sin faltar a la verdad. "¿Y por qué es feliz"-pregunta con expresión divertida- "Por todo".
Empezamos a conversar. Me cuenta que se encuentra en la ciudad por un congreso internacional y que disfruta mucho de su estadía. Encuentra que la gente es amable, el paisaje hermoso y la comida muy buena. Le recuerda un poco a la ciudad sueca en la que reside.
Se nos unen mi esposa que ya ha salido de la junta y un estupendo amigo mexicano que, casualmente, pasa por el lugar. Seguimos conversando. Nuestro nuevo amigo nos invita a tomar algo en el café Rivoli, muy acojedor y con terraza. Cecilia debe volver al trabajo y el amigo mexicano continúa su periplo.
Quedamos en el café el visitante del norte y yo. Me refiere que es originario de Somalia y se desempeña como investigador y docente en Upsala. Formado muy joven como científico en Suecia, volvió después a residir en ese país con su familia. Se encuentra agradecido y feliz con su nueva patria, en la que ha ganado el respeto y cariño de todos.
Hablamos de su país, Somalia y del mío, Venezuela, ambos convulsionados y violentos. Encontramos que ambos estamos muy ligados a Italia por diversas razones. El profesor habla un italiano bellísimo, fluido y sin acento. Yo trato de responder con el mío, mas bien precario. Pero es un deleite poder hablar un poco de la "lingua gentile" con alguien tan interesante y agradable.
El profesor habla, como todos los padres, con entusiasmo de sus hijas, también dedicadas a la ciencia. Me cuenta de la tranquila y sencilla existencia que llevan en Upsala, un lugar verde, pacífico y moderno, social y tecnológicamente.
Usa palabras sencillísimas para explicar temas sencillos. Evita los temas relativos a su especialidad, supongo que no le apetece hablar de trabajo. Invariablemente, acompaña sus opiniones con una dulce sonrisa. Quiere saber de nosotros, de la vida que llevamos en nuestra ciudad, de nuestras costumbres y actitudes ante las cosas. Es un hombre curioso que sabe hablar y sobre todo, escuchar. No escucha por cortesía, sino por un sincero interés de conocer, através de otros, realidades diferentes. Es un hombre inteligente.
Han pasado dos horas y el profesor y yo debemos despedirnos. Antes de hacerlo, me dice: ¿Pero cual es tu nombre? ¡ No nos hemos presentado! Tiene razón, tan grato ha sido el rato que hemos olvidado por completo ese necesario formalismo. Le digo mi nombre. El me da el suyo y extiende una tarjeta que meto en el bolsillo de la chaqueta. Nos despedimos cariñosamente.
Al llegar a casa, vacío los bolsillos automáticamente. Llaves, monedas y una tarjeta en la que se lee:
Mohamed H. Farah. Ph.d. Senior Specialist. Traditional Medicines. World Health Organization. The Upsala Monitoring Centre.
Al día siguiente, en el periódico, veo una foto del profesor Farah en compañía del rector de la universidad en al acto de cierre de un congreso internacional de farmacovigilancia. Mi amigo somalí ha sido el encargado de cerrar el acto, unos minutos después de despedirnos en el café Rivoli.
La vida nunca deja de sorprenderme gratamente. Tan solo hizo falta una sencilla pregunta para producir una experiencia extraordinaria e inolvidable: ¿Por qué se ríe?...